Pensar antes de actuar

Pensar antes de actuar

La paz no se construye a la fuerza, se instruye.

Hace poco apareció paz en el vivir y el convivir de todos los que protagonizaron el conflicto en Las Bambas. Sin embargo, hace unos días la ferocidad y la falta de compasión han regresado al corazón de nuestro pueblo peruano con ataques y contra ataques por una coyuntura donde los dolores de unos no son los dolores del otro. Si bien este nuevo conflicto no está ocurriendo en un solo territorio de nuestro país ni produciendo bloqueos de carreteras, agresiones o heridas físicas como lo fue en Las Bambas, esta vez y a nivel nacional, atravesamos una realidad de impertinentes declaraciones y deplorables juicios parcializados que a discreción las partes se disparan como ráfagas entre sí a través de las redes sociales. Una vez más la polarización de nuestro país expone heridas emocionales que no han sanado y vuelven a enfrentar y dividir nuestro co-existir humano.

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Declaraciones movidas por amarguras y deseos de desahogar rabias fundadas o infundadas están siendo ahora el impacto por la muerte de quien fue uno de los presidentes de nuestra nación. En muchos casos se vierten agrios comentarios que revelan fracasos y tristezas que poco tienen que ver con las acciones de alguno de nuestros gobernantes. Cuan evidente se observa la ausencia del “pensar” que solía recordarnos el entrenador de nuestra selección nacional de futbol Ricardo Gareca. Por el contrario, pareciera que muchos sienten amplia libertad para desbordar ira y enojo acumulados a fin de proteger sus propios dolores, incomprensibles para el otro. Indignados asumen ardua e implacable defensa frente a las inaceptables declaraciones de la otra parte. La facilidad para hacer juicios infundados y la precipitación hacia la afrenta y la infamia convierten a cualquiera en un incapaz de tomar las riendas de sus propios “caballos”, como lo expresara Platón en el mito del Carro Alado; o de ejercer autorregulación, como lo llamaría Daniel Goleman. Simplemente soltamos nuestros impulsos que sobrecargados llegan para disparar insensato vocabulario en contra del otro o para inmediatamente replicar en el chat desde esa recóndita indignación que falsamente creemos viene de lo más profundo de nuestra alma y poco nos importa ese “pensar” de Gareca.

Esto es lo que esperan quienes se aprovechan de ambos lados en un conflicto e incluso exacerban nuestros ánimos como si fuéramos marionetas por no pensar antes de actuar. Para la amargura y el odio nada le es suficiente, solo la extinción del otro los calma, y por solo un momento. Los celos, la envidia, el rencor, la vileza y otros de la misma familia conservan secretas conversaciones con el odio para disimular acciones contrarias al respeto, las buenas costumbres, la calma y la paz. Creer que las burlas, el oprobio o los comentarios desmedidos apagarán las penas y el enojo o que frenarán el dolor justificado o injustificado que tanto desea el corazón humano, es creer que apagando las llamas extinguirás las brasas. La paz que tanto anhelamos no se construye así.

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Elegir a uno o al otro lado no ayudará a disminuir la polarización de nuestro Perú amado. Caer en alguno de los lados es lo que buscan los azuzadores de los apetitos más bajos del ser humano, pues sus propósitos necesitan de esos dos lados, no obstante si establecemos un tercer lado, podemos contribuir sabiamente a las necesidades esenciales de ambos lados y aportar una perspectiva profunda que importe a todos. Algunos de los versos del hermoso poema La Marioneta, que trata los sentimientos de una persona que se encuentra al borde de la muerte, dice: “Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida… no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo… Escucharía cuando los demás hablan… escribiría mi odio sobre hielo y esperaría a que saliera el sol…”. Es probable que una mente serena observe que una época de importante aprendizaje ha aparecido para nuestro país. No somos marionetas, sino ciudadanos que piensan antes de actuar. Así el círculo vicioso del abuso de poder y la corrupción disminuiría, quién sabe. Pues el bien-estar público aparece desde la virtud privada, no desde la ignorancia de mentes precipitadas, sino desde la inteligencia de un pueblo que se gobierna por sí mismo, libre y con perspectiva de paz a futuro.

Cada mes de abril como este trae una Semana Santa para recordarnos el trascendente impacto de la vida de aquel que fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores y experimentado en quebranto… fue menospreciado y no lo estimamos.” (Isaías 53:3). Él es Jesucristo. Él conoce nuestros dolores y su ejemplo superó la ley del ojo por ojo para que el mundo no se quede ciego, “…y se llamará su nombre Admirable, Consejero… Príncipe de paz.” (Isaías 9:6). A tal grado trascendió Su vida que marcó la historia de la humanidad en antes y después de su nacimiento. Aún sus detractores más implacables reconocen la importancia de sus preceptos para el progreso de la humanidad. El legado de su vida y obra permanece en las Santas Escrituras como modelo para sostener el co-existir humano, pues la paz no se construye a la fuerza, se instruye.

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